jueves, 28 de agosto de 2014

La historia primera.

Te conocí en mis tiempos agridulces, donde no importaba el que dirán. Te fuiste haciendo dueño de mi pensar en cada despertar, estabas en cada paso al caminar. Me seguiste en el andar, en un camino desconocido, tan ajeno a mi pasada realidad. Te hiciste amigo de mis palabras, de mis deseos e inquietudes, me conociste en mi punto de máximo esplendor y en mi más profunda depresión. Supiste llevarme con tu mirada a un mundo paralelo de lo que estaba acostumbrada. Me nutriste de enseñanza en cada caricia que le hacías a mi alma. Me dejaste ser yo en tus tiempos de gloria, en tus batallas ganadas en el brillo de mi amor. En el apogeo de la ternura, que nos envolvía en las mañanas bañados por el rayo del sol. Pero en todas las ocasiones también fuiste vos, no sólo yo. O tal vez, no fuiste ni vos, ni yo, y fuimos sólo nosotros dos, como uno, ese uno en un millón. Supimos ser fielmente una sola persona por un instante que pareció la eternidad. Y yo te quise dejar escapar, victima de mi poca seguridad. No tengo nada más que hacer… Yo bajo el telón de esta obra barata. Hoy rompo filas, ya no doy batalla. Todas mis tropas se rinden ante tu ser. Saco bandera blanca ante tan persistente tempestad.


                                [Hoy me condena tu amor.]

De amores baratos.

Ni si, ni no, ni blanco, ni negro, ni tu amor, ni mi soledad. Si estamos predestinados a no ser, ¿Por qué insistir y resistirse?, Si intentamos romper todas las barreras del destino... Nos conocimos ese día de frío tajante a pesar de tu histeria y mi historia, de mis vueltas, tus delirios. Me llevaste a recorrer cada esquina tapada de amores baratos, conocer cada destello de una ciudad abandonada. Me inspiraste en mis peores, en mis ancladas. Hiciste de mi anatomía parte de tu figura, me presté a tus enseñanzas y me volví aire cuando despertaba. Me levantabas como pluma, yo me caía como plomo. De amor y desamor va la historia... Yo confío en la casualidad de haberte conocido porque como te digo no fue el destino. Nos volveremos a encontrar. 

martes, 12 de agosto de 2014

Guerras Internas.

Mis guerras internas se hunden entre flashes de luces fluorescentes que encandilan la mirada de cualquier amante condenado. Camino sobre el filo del abismo que amenaza con abrirse, con atraparme en la oscuridad de las garras del tiempo. Como el tiempo que viene con el olvido, yo vengo con el recuerdo. Con no dejar escapar las sonrisas que inundan mis ideas de cenizas que se esfuman en el viento. Me hundo en un mar de pensamientos ajenos a la cruda realidad que nos choca en las narices para despertarnos de la caja de cristal. Ya estoy en el fondo de donde haya caído, nadie me podrá rescatar. Miro desde el frío piso donde yazco y me decido a levantar. Ya no hay miedos que se me aferren, ahora puedo caminar. Con el paso firme de quien sabe lo que hace y con mis ojos más allá de la realidad. 

Muerte Halada.

No me asusta con sus manos frías y su piel tan blanca. No me asusta cuando se acuesta a mi lado y me susurra al oído esas últimas palabras. No me asusta si me acaricia la espalda, si me besa el cuello. Somos finitos en este mundo tan infinito. Somos el polvo de esta gran carretera, la arena del desierto, la que todos olvidan. No me opongo si me lleva, ha de ser el destino. Destino incierto, que me ha dejado a la deriva tantas veces que ya no imagino otro camino. Me dejo caer en el sueño eterno contemplando los recuerdos de una vida pasada. Tan pasada como amada, tan amada como pronto será olvidada. Ya pasaron muchos años, ya nadie me recuerda. Ya no vivo en el olvido porque, ¿Acaso se puede olvidar lo que nunca existió? Yo me marcho por este camino, el eterno recorrido. El final del abismo. 

Tu ser.

Pienso en vos y puedo escuchar a través de esta tormenta infinita tu voz que resuena en mis más  ínfimos recuerdos. Todavía siento el terciopelo de tus labios rozándome la espalda. Tu lengua que recorre cada una de mis más pronunciadas curvas en esta oscuridad que ahora se ha vuelto humo, para ya nunca volver a resurgir como lo hace el ave fénix. Podría no pensar en vos pero pienso y me enveneno. Me enveneno de recuerdos, me atosiga el corazón. ¿Quién hubiera alguna vez imaginado que sería tan punzante este amor? Pienso en vos porque me salva de esa nada en la que me convierto cada vez que te vas, y mis lágrimas viajan por los surcos que se forman ante tan anclada depresión, que sólo huye de mí cuando puedo volver a ser yo. Ser yo conmigo misma. Ser yo sin vos. Porque de todas las armas letales que podría elegir para terminar con este todo, elijo pensar en vos.